
Miguel Raúl Hernández Rojas
(X: @Rauuxll).
Hace unos días asistí al seminario El Mundial 2026 y el fútbol en México: implicaciones económicas, legales y mediáticas, organizado por la División de Estudios Jurídicos del CIDE. La conversación me dejó pensando que, para cuando ruede la pelota, muchas cosas ya habrán ocurrido fuera de la cancha.
Entre las intervenciones estuvo la de la licenciada Eider Urbina, dentro del eje sobre agenda mediática de la Ciudad de México. Su participación abrió una pista importante para esta columna: antes de llenar estadios, una ciudad empieza a construir el relato con el que quiere recibir al mundo.
Y quizá ahí aparece la parte más rara del fútbol: su capacidad para volver colectiva una emoción que, vista desde afuera, parece ajena, pero que durante un Mundial adquiere sentido propio. Once personas corren detrás de una pelota y millones decimos “ganamos”. Nadie nos deposita nada. Nadie nos entrega una medalla. Nadie nos cambia la vida al día siguiente. Aun así, algo ocurre. Durante noventa minutos, el país parece caber en una camiseta.
Sin embargo, he de confesar algo: el fútbol nunca ha ocupado un lugar central en mi vida. Pero hay momentos que atraviesan incluso a quienes miramos el juego desde cierta distancia. Uno de ellos ocurrió el 17 de junio de 2018. México jugaba contra Alemania y, aunque alguien no haya visto el partido completo, seguramente recuerda –– o al menos escuchó –– lo que pasó cuando Hirving Lozano quedó frente al arco. El gol del “Chucky” no arregló una calle, no subió un salario, no acabó con una injusticia. Pero durante unos segundos produjo algo difícil de explicar: millones sintieron que México le había ganado a una potencia. La cancha ofreció una revancha simbólica. Un país acostumbrado a perder en otros terrenos tuvo, por un instante, una victoria que podía gritar.
Ahí radica parte de su fuerza. El fútbol permite decir “nosotros” sin pedir demasiadas credenciales. La selección convierte una emoción privada en una escena pública: casas, escuelas, bares y oficinas quedan conectadas por el mismo resultado. Por eso una victoria puede sentirse propia y una derrota puede caer como pequeña humillación nacional. Así, el Mundial intensifica esa experiencia. México recibirá una parte de un torneo enorme: 48 selecciones, 104 partidos y 13 encuentros en nuestro país. Una celebración así promete turismo, consumo, trabajo y un relato atractivo de México frente al mundo.
Pero todo relato necesita una maquinaria que lo sostenga. Bajo el entusiasmo aparecen permisos, contratos, trabajadores, boletos, cámaras, vendedores, policías, traslados y decisiones públicas. Para que alguien pueda gritar un gol en el estadio, alguien más tuvo que ordenar la ciudad alrededor de ese grito.
Ahí empieza el otro partido.
El Mundial obligará a México a mostrar algo más que estadios llenos. También mostrará cómo trata a quienes sostienen la fiesta. Cómo cuida a los trabajadores que harán funcionar el evento. Cómo regula el comercio sin barrer de la ciudad a quienes viven de él. Cómo garantiza seguridad sin convertir el orden en abuso.
Incluso el Marco de Derechos Humanos del Mundial 2026, elaborado por FIFA y las entidades organizadoras del torneo, parte de una idea clara: las ciudades sede deberán anticipar riesgos sobre trabajo, vivienda, seguridad, libertad de expresión, protesta y discriminación. Porque un megaevento nunca llega a una ciudad vacía. Llega a una ciudad habitada, con conflictos previos, desigualdades viejas y autoridades tentadas a limpiar la imagen antes que resolver el problema.
Así, la Ciudad de México llega a ese examen con sus contradicciones a la vista. A pocos días del arranque, el medio Reuters reportó protestas, bloqueos viales y obras todavía pendientes rumbo al Mundial, incluidas movilizaciones de la CNTE y trabajos inconclusos de infraestructura. La escena incomoda porque recuerda algo básico: la ciudad que recibe al Mundial también carga con protestas, obras pendientes y reclamos que no desaparecen por la llegada de las cámaras.
Entonces, la pregunta no debería limitarse a cuánto dinero dejará el torneo. También habrá que preguntar bajo qué condiciones ocurre la fiesta. Quién trabaja para sostenerla. Quién queda fuera de la ciudad que queremos enseñar. Qué molestias tolera la autoridad. Qué derechos aguanta la celebración cuando dejan de verse bonitos en la foto.
El Mundial puede emocionarnos sin culpa. Puede regalarnos esa alegría rara de sentir que algo nuestro entra a la cancha, aunque sepamos que al día siguiente la vida seguirá igual. No quiero escribir contra esa emoción. Me interesa justo lo contrario: tomarla en serio. Si el fútbol mueve a millones sin prometerles nada concreto, entonces algo dice sobre la manera en que buscamos pertenecer, celebrar y ganar, aunque sea por noventa minutos.
El 11 de junio rodará el balón. México jugará contra Sudáfrica. Millones diremos “vamos”, aunque nadie nos haya puesto en la alineación. Ahí estará la magia del fútbol: en esa capacidad rara de hacernos sentir parte de una victoria que ocurre lejos de nosotros. Pero el otro partido ya empezó. Y ahí México tendrá que demostrar algo más difícil que meter un gol: recibir al mundo sin olvidar a quienes vivimos todos los días en el país que quiere mostrar.
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