Miguel Raúl Hernández Rojas

A veces siento que a nuestra generación le tocó crecer mientras todo cambiaba demasiado rápido.
No hablo únicamente de los grandes movimientos políticos que llenan titulares, dividen sobremesas o nos obligan a tomar postura. Hablo también de cambios más silenciosos, más cotidianos: la manera en la que hablamos con otros, la velocidad con la que consumimos información, el cansancio frente a las instituciones, la presión de opinar sobre todo y esa sensación extraña de que el mundo cambia antes de que logremos comprenderlo por completo.
En medio de eso, muchos crecimos viendo cómo las certezas duraban cada vez menos. La universidad cambió mientras la estudiábamos. La conversación pública perdió profundidad. La política comenzó a librar sus batallas entre algoritmos, clips de treinta segundos y discusiones donde escuchar al otro parece cada vez menos importante. Incluso la escritura cambió. Hoy casi todo exige rapidez y reacción inmediata.
Precisamente por eso valoro tanto los espacios que todavía apuestan por algo distinto. Hace poco me dieron la oportunidad de escribir aquí cada jueves y, honestamente, agradezco mucho que alguien decida voltear a ver a nuestra generación para darle un lugar en la conversación pública. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque también vivimos las preguntas. Porque también miramos el país, habitamos sus instituciones, padecemos sus contradicciones y tratamos de nombrar lo que ocurre alrededor.
Desde esa gratitud nace esta columna. También desde el deseo de corresponder ese voto de confianza con una voz honesta, crítica y abierta al diálogo.
Por eso este espacio lleva por nombre Garabato.
Un garabato nunca representa una versión final. Funciona como el primer intento de entender algo. Como una idea anotada al margen. Como un trazo imperfecto que todavía no sabe exactamente en qué terminará, pero que aun así revela algo de quien lo hizo. Entre ideas dispersas, el ruido también encuentra algo más ordenado. A veces, incluso más que un discurso perfectamente ordenado.
Esa imagen resume bien el punto de partida de este espacio.
No escribo desde la pretensión de tener todas las respuestas ni desde una falsa neutralidad que mira al país como si nada doliera, importara o nos atravesara. Escribo desde una generación que aprendió a pensar mientras todo alrededor cambiaba: las instituciones, los lenguajes, las formas de entender la legitimidad, el poder, la universidad y hasta la propia idea de futuro.
Desde luego, mi formación también atraviesa esta mirada. Estudio derecho y, quizá por deformación profesional, paso buena parte del tiempo pensando en normas, instituciones y decisiones públicas. Pero más allá de eso, también me interesa algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: entender qué nos ocurre como generación mientras intentamos encontrar sentido entre tanto ruido. Porque detrás de cada reforma, crisis o debate político, también hay personas tratando de comprender su tiempo.
Eso quiero que sea Garabato: un espacio abierto para quienes apenas comienzan a hacerse preguntas y para quienes llevan años pensando el país. Un lugar para detenernos un momento entre tanta velocidad. Para escribir sobre derecho y conversación pública, pero también sobre aquello que rodea todo eso: las contradicciones de nuestra época y las cosas que muchas veces sentimos antes de saber explicarlas.
Ojalá que, cada jueves, alguien encuentre aquí una idea con la cual identificarse, una frase con la cual disentir o una pregunta que le permita mirar distinto lo que tenía enfrente. Al final, quizá ese sea uno de los propósitos más valiosos de escribir: no clausurar la conversación, sino abrirla. Porque escribir también sirve para eso: para ordenar un poco el caos. O, al menos, para aprender a dibujarlo mejor.

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