
Miguel Raúl Hernández Rojas
(X: @Rauuxll).
El día de ayer – 1 de julio – la presidenta Claudia Sheinbaum habló de jóvenes, redes sociales, historia y aprobación gubernamental. Lo hizo a partir de una pregunta sobre la aceptación de su gobierno entre personas de 18 a 29 años. La respuesta empezó con una defensa: las encuestas propias y otras publicadas mantienen a su gobierno por encima del 55% en ese grupo de edad, aunque con un respaldo menor al que recibe entre adultos mayores. Hasta ahí, el dato. Después apareció algo más revelador.
Sheinbaum dijo que quizá hay un sector joven que no vivió “todo el proceso”, que espera otras acciones del gobierno o que no tiene suficiente información de lo que ocurrió antes. Luego vinculó esa distancia con una transformación evidente: hoy la información circula por redes sociales con una velocidad que hace diez años todavía no dominaba la conversación pública. En ese punto soltó una frase que vale la columna completa: “lo que no comunicas en 30 segundos ya no se ve”.
Ahora bien, la presidenta toca un problema real. La política, la historia y el país pierden profundidad cuando todo debe entrar en un video breve, una frase viral o un recorte listo para indignar. Las redes sociales no inventaron la simplificación, pero la volvieron una economía: premian lo inmediato y castigan la paciencia. Una democracia que discute desde fragmentos acaba con dificultades para distinguir entre ellos.
Por eso la crítica no debe partir de negar lo obvio. Treinta segundos no alcanzan para explicar 2006, el viejo régimen, los fraudes electorales, el neoliberalismo, la violencia política ni las heridas institucionales que marcaron la vida pública mexicana. Tampoco alcanzan para entender a una generación que creció dentro de otra velocidad, con otros lenguajes y otras formas de relación con la autoridad.
Y en gran medida este espacio – garabato – nace justo de esa incomodidad, surge de la necesidad de detenernos a pensar antes de convertir cualquier tema público en consigna. En medio de tantos clips y respuestas rápidas, todavía hace falta un lugar para el trazo previo, para la duda, para esa idea que aún no llega lista ni cerrada.
El problema aparece cuando el poder transforma un diagnóstico atendible en una explicación cómoda. Una cosa es decir que la conversación pública perdió profundidad. Otra muy distinta es sugerir que la distancia juvenil nace, principalmente, de falta de historia, de lectura o de información suficiente. Ahí la pedagogía corre el riesgo de volverse superioridad. El gobierno mira una crítica y responde con una clase; ante una demanda de futuro, ofrece una lección sobre el pasado.
Una generación no queda explicada solo por aquello que no vivió. También queda explicada por aquello que le toca vivir. No es que a una generación le falte memoria. Es que le sobra presente.
Le sobra un presente donde estudiar ya no garantiza estabilidad y trabajar tampoco garantiza independencia. La vida adulta llega con salarios bajos, ciudades caras y una sensación de cansancio que muchos jóvenes nombran con más naturalidad que esperanza. Para buena parte de ellos, el futuro no aparece como una promesa amplia, sino como una negociación diaria entre deuda, renta, transporte, ansiedad y miedo.
Por eso resulta limitado pedir historia sin escuchar experiencia. La memoria ayuda a entender de dónde viene el país y no debería funcionar como anestesia para aquello que todavía duele. Un joven puede reconocer los abusos del pasado y, al mismo tiempo, exigir más del presente. Puede rechazar el viejo régimen sin entregar un cheque en blanco al gobierno actual. Puede saber que antes hubo corrupción, fraude y desprecio institucional, y aun así preguntar por vivienda, trabajo, seguridad, salud mental, movilidad, justicia y futuro.
Ahí radica el punto político. Cuando una autoridad responde al desencanto juvenil con la idea de que hace falta recordar mejor, coloca el problema en la cabeza de quienes critican, no en las condiciones que viven. Esa operación resulta tentadora para cualquier poder: si la distancia nace de ignorancia, basta comunicar mejor; si nace de experiencia, toca gobernar distinto.
Las redes sociales complican todo, claro. Ahí, en gran medida, circulan mentiras, campañas de odio, manipulación emocional, violencia digital y fragmentos que sustituyen debates enteros. Nadie debería romantizar el algoritmo ni confundir viralidad con deliberación democrática. Pero tampoco conviene tratar a los jóvenes como víctimas pasivas de la pantalla. Muchas veces acuden a las redes porque las instituciones dejaron de hablarles con credibilidad. No entraron ahí solo para distraerse; también entraron porque encontraron un lugar para nombrar precariedad, abuso, rabia y desconfianza.
Esa es la parte que el gobierno tendría que mirar con mayor cuidado. Las redes no fabricaron el desencanto juvenil desde la nada. Lo hicieron visible, lo aceleraron y, muchas veces, lo deformaron. Pero detrás del ruido todavía hay una pregunta real: ¿qué país recibe a quienes nacieron demasiado tarde para recordar 2006 – como menciona la presidenta –, pero demasiado temprano para creer que el futuro está garantizado?
Además, la discusión adquiere mayor delicadeza a partir de una propuesta concreta anunciada por la presidenta: abrir un debate nacional sobre la regulación de redes sociales, el uso de inteligencia artificial y el acceso de menores a dispositivos móviles. La iniciativa, planteada como un esfuerzo por proteger a niñas, niños y adolescentes frente a riesgos digitales, incluye la posibilidad de establecer lineamientos sobre contenidos, tiempos de uso y responsabilidades de las plataformas. Regular estos espacios puede resultar necesario frente a abusos digitales, protección de datos, violencia contra menores y manipulación informativa. Pero una regulación democrática debe nacer del cuidado de derechos, no del malestar frente a la crítica. Debe proteger personas, no administrar reputaciones oficiales.
La línea exige vigilancia. Primero aparece una preocupación legítima por la velocidad de la información. Luego aparece la idea de que algunos jóvenes carecen de contexto. Después llega la tentación de pensar que la conversación digital necesita tutela desde arriba. En una democracia, el Estado puede regular poderes privados, pero no puede convertir la incomodidad política en razón para domesticar el debate público.
La historia importa. Nadie debería tratarla como adorno escolar ni como archivo muerto. Un país sin memoria queda vulnerable ante la nostalgia fabricada y ante los proyectos que venden como novedad lo que ya produjo daño. Sheinbaum tiene razón al insistir en que muchas personas jóvenes no vivieron procesos que marcaron a generaciones anteriores. Pero haber nacido después de una herida no vuelve ilegítima la pregunta por las heridas nuevas.
Una generación no debe cargar con la obligación de agradecer eternamente porque antes fue peor. La democracia no funciona como contrato de gratitud, sino como exigencia constante. Un gobierno puede reclamar memoria histórica; también debe aceptar que la memoria no sustituye resultados. El pasado explica, pero no absuelve. La historia orienta, pero no cancela el derecho a reclamar.
Memoria exige sostener dudas: escuchar también un cansancio urgente, mientras preguntas laten enteras. Quizá ahí aparece la lectura más justa del momento. La presidenta acertó al señalar que treinta segundos no bastan para comprender la realidad. Pero la realidad juvenil tampoco cabe en el relato oficial de una transformación que pide mirar hacia atrás cada vez que una parte del país pregunta por el futuro.
Tal vez los jóvenes sí leen. Su lectura pasa por el precio de una ciudad que expulsa, por jornadas largas con salarios cortos y por la distancia entre estudiar y vivir mejor. También pasa por una pantalla saturada de promesas, pleitos y diagnósticos. Esa lectura produce conciencia política.
Por eso el título no habla solo de redes. Habla de una generación entera que no cabe en treinta segundos porque tampoco cabe en una explicación simple. No basta decirle que lea más historia, aunque leer historia importe. Hace falta escuchar qué historia escribe ahora con su propia vida.
El día de ayer, Sheinbaum abrió una discusión necesaria sin agotar su sentido. La realidad exige más tiempo que un video breve; la memoria nacional importa; la conversación pública necesita más lectura y menos impulso. Pero ninguna de esas verdades alcanza para explicar la distancia juvenil si el gobierno no mira de frente el presente que carga esa generación.
No es que a una generación le falte memoria.
Es que le sobra presente.

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