
Miguel Raúl Hernández Rojas
(X: @Rauuxll).
Amanecimos con un México que sumó 9 de 9 puntos posibles en la fase de grupos. Pero, en medio de las reuniones con la familia y los festejos, he notado tres constantes: el “¿y si sí?”, el famoso solo de trompeta de “Así fue” de Juan Gabriel y la reproducción de narcocorridos, tanto en festejos como en memes que circulan en internet. En este último punto quiero detenerme.
Detenerme ahí porque, considero, algunas canciones reflejan una forma de mirar la realidad. El debate sobre los narcocorridos existe y, en algunos casos, algunas autoridades han intentado resolverlo mediante su prohibición. Pero el problema no admite una salida tan simple. La narcocultura tiene un peso significativo en nuestro tiempo: sus letras e imágenes construyen un mundo de armas, dinero rápido, lujo y poder. Ese mundo atrae porque toca realidades que muchas personas reconocen como cercanas. Por eso, concentrar la discusión en censurar canciones deja intacta la pregunta de fondo: ¿por qué engancha?
En este sentido, decir que “al mexicano le encanta la narcocultura” es una salida fácil. Suena fuerte, pero explica poco. La pregunta más útil mira hacia lo que ciertos públicos encuentran en esas canciones. Sobre todo los jóvenes. Así, un estudio sobre consumo de narcocorridos y narcoseries en contextos marcados por el narcotráfico recoge una respuesta difícil de ignorar: para algunos, esos contenidos “muestran cómo son las cosas en la vida real”.
Así ya no hablamos únicamente de música. Hablamos de una forma de leer el país: corrupción, poder, dinero rápido, lujos, miedo y reconocimiento. Por ello, a muchos jóvenes les resulta atractivo escuchar y conocer la vida de los grandes capos, ya que en esas historias encuentran una narrativa de ascenso: personas que, partiendo de contextos de carencia, lograron acumular poder y respeto por vías criminales. Ese relato engancha porque transforma la pobreza en punto de partida y la violencia en una vía de superación.
Ahí está el punto incómodo: cuando una canción parece describir lo que mucha gente reconoce alrededor, el problema adquiere una dimensión más amplia que lo musical. Entra al terreno de un Estado de derecho que, desde hace años, promete ley pero muchas veces llega tarde, llega poco o no llega. Y justo por esa ausencia acumulada, la narcocultura encuentra terreno fértil. Dialoga con una realidad donde la autoridad perdió presencia, la legalidad perdió credibilidad y el crimen aprendió a presentarse como un camino posible.
Esa ausencia acumulada toma forma en lugares concretos: colonias sin autoridad cercana, escuelas que no alcanzan, trabajos que prometen poco, familias que viven con miedo y territorios donde el crimen impone reglas. En ese contexto, la narcocultura no inventa todo desde cero: toma una grieta real, la exagera, la adorna y la vende como destino posible.
Y lo vende bien. Porque ofrece algo que mucha gente no encuentra en otro lado: poder, respeto, pertenencia. Le habla a quien ha cargado con la invisibilidad, a quien ha vivido carencias, a quien mira el camino “legal” como una ruta lenta o cerrada. Sin imaginar esperanza, muchos persiguen respeto en territorios urgidos y olvidados. El crimen organizado entendió eso muy bien: también puede reclutar con símbolos, historias y aspiraciones. Frente a eso, el Estado todavía no ha construido una respuesta suficiente.
Por ello, el debate legal no puede quedar tan plano. En Jalisco, Nayarit y Michoacán ya aparecieron vetos, decretos o reformas contra contenidos asociados con la apología del delito; en Ciudad de México avanzó una discusión parecida para espectáculos públicos y planteles educativos; y en el Estado de México hubo exhortos y cancelaciones alrededor de conciertos. En todos esos casos aparecen palabras como “promover”, “justificar” o “glorificar” conductas vinculadas con el crimen organizado.
Ahí conviene distinguir contextos: una primaria exige cuidados distintos a una playlist entre adultos; un evento público con niñas y niños exige controles diferentes a una reproducción personal. El Estado debe cuidar ciertos espacios, sobre todo cuando hay menores. Pero cuidar no equivale a prohibirlo todo. Cuando una ley usa palabras tan abiertas, abre un margen peligroso de arbitrariedad, porque ya no queda claro qué conducta concreta permite y cuál castiga.
El derecho sí tiene herramientas para actuar, pero en conductas concretas: amenazas, reclutamiento, lavado de dinero, extorsión, violencia, complicidad pública. Ahí tendría que concentrar su fuerza. El problema aparece cuando el Estado intenta castigar algo tan amplio como una “cultura”. El narco importa, claro. No hablamos de una incomodidad menor ni de una simple discusión musical. Hablamos de una violencia que lastima todos los días.
Sin embargo, precisamente por eso, la respuesta legal exige precisión. Si una autoridad castiga “lo narco” sin definir con claridad qué conducta concreta persigue, mañana podrá llamar apología a una canción, una película, una novela, una crónica periodística o cualquier relato incómodo que prefiera sacar del camino. Ahí la ley deja de perseguir delitos y empieza a administrar silencios.
Además, tampoco podemos fingir que esto empezó ayer. México ha construido su Estado de derecho a medias durante décadas. Durante mucho tiempo, mucha gente ha sentido más la ausencia del Estado que su presencia. De ahí viene esa idea de que la ley existe, pero no siempre llega; que la justicia promete, pero no siempre cumple. Y en ese vacío, el éxito ilegal parece más rápido y más visible.
Por eso suena tan corto pensar que controlar canciones equivale a combatir la violencia. Una canción puede glorificar al narco, sí. Pero no lava dinero, no compra autoridades, no controla territorios, no desaparece personas. Si el Estado concentra su respuesta en el símbolo y no toca esas estructuras, solo aparenta firmeza.
Así, desde el derecho, la pregunta debería mirar más allá de la canción: ¿qué tendría que cambiar en el país para que esa historia deje de sonar tan real? Si muchos jóvenes encuentran ahí una descripción de lo que miran todos los días, prohibirla apenas tapa el síntoma. Nuestra trinchera exige construir una realidad donde el Estado llegue antes que el narco, donde la ley ofrezca futuro y donde el respeto deje de depender de un arma. Tal vez la pregunta más dura no apunta a la música, sino a nosotros: qué país hemos construido para que una canción sobre violencia suene menos como fantasía y más como oportunidad.

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