Del apunte
Santiago Chablé Velázquez
El 2025 ha sido un año de reformas, ajustes e incertidumbre para el sistema de justicia mexicano. También ha sido un año de exigencias ciudadanas que están lejos de ser atendidas. De personas juzgadoras que comienzan nuevos ciclos. Un año de historias que, lejos de lo mediático, reflejan los rostros de la impartición de justicia en nuestro país.

Frente a todo lo anterior, debemos preguntarnos: ¿realmente estamos construyendo justicia?
Lo fácil es quedarse en los grandes discursos y en las fotos que apantallan. En las palabras técnicas o de cambios estructurales. Debemos ir más allá, adentrarnos en la forma en que el sistema sigue tratando a las personas. La manera en que escucha, reconoce o repara. Dimensionar que no sólo está sobre la mesa una sentencia, sino la vida de quienes acuden a los tribunales buscando algo más que trámites o juicios. Se trata de personas que buscan ser vistas, entendidas y atendidas por un sistema que todavía les ignora.
Hablar de justicia con rostro humano, justicia cercana o una justicia que escucha no son solo eslóganes. Son un imperativo ético. Es reconocer que, detrás de cada expediente hay una historia. Que detrás de cada proceso hay personas con miedo, con esperanza, con derecho a ser tratadas con dignidad y no ser contadas como una estadística más.
No podemos quedarnos en el exterior. La justicia con rostro humano, con cercanía, la justicia que escucha también debe darse al interior del propio sistema. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo estamos cuidando al personal de la judicatura? ¿Cómo los órganos de gobierno del Poder Judicial protegen al personal del servicio público que hace posible la operatividad de la maquinaria?
Como indiqué al inicio, este ha sido un año de ajustes e incertidumbre.
Sin embargo, se pretendió renovar la judicatura en cuanto a la forma, sin modificar del todo el fondo.
Elegimos a personas juzgadoras que siguen aplicando La Ley de Amparo con más restricciones, el mismo Código Nacional de Procedimientos Penales y que deberán implementar el Código Nacional de Procedimientos Civiles y Familiares aprobado hace un par de años. Estas reformas vienen desde arriba, pero la confianza de la ciudadanía debe reconstruirse desde lo cotidiano.
Para lograr esto, como judicatura, necesitamos replantearnos nuestros dogmas. El tono y las formas en que se conducen las audiencias. La redacción de las sentencias. Las formas en que se resuelven una queja, una consulta o un incidente.
Ahí es donde se juega la legitimidad de nuestra labor. En no seguir haciendo lo mismo que nos llevó al escenario que propició la Reforma Judicial.
Cierro este 2025 con una convicción clara: la justicia que queremos no sólo exige estructuras más eficientes y eficaces, sino personas más empáticas. Una justicia más cercana no se logra con nuevas reglas o sustituyendo a las personas juzgadoras, sino con una vocación renovada por comprender el dolor de las personas y atenderlas con humanidad.
Esa debe ser la agenda de trabajo para el 2026. Colocar al centro a las personas. Hay que hablar menos de las burocracias, de grillas políticas y más de quienes importan: las usuarias y los usuarios del sistema de justicia. Nuestro trabajo no es sólo aplicar la ley, sino hacerlo con responsabilidad y compromiso social.
Para encaminar esta transformación por la que atravesamos en la judicatura nacional necesitamos comenzar por hacer de la justicia un espacio que abrace, que acompañe, que escuche, que se construya en conjunto con la meta de alcanzar la paz que, como sociedad anhelamos. Esa es la justicia que queremos. Esa es la justicia que debemos construir.
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