Miguel Raúl Hernández Rojas (X: @Rauuxll).

“Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa, ¡oh patria querida!, que el cielo un soldado en cada hijo te dio”, escribió Francisco González Bocanegra en lo que hoy conocemos como el Himno Nacional mexicano.
La estrofa conserva una fuerza evidente porque coloca a México frente a una amenaza que viene de fuera. Así, la noción de soberanía constituye un eje interpretativo que atraviesa tanto la cultura cívica de los mexicanos como el discurso oficial de los últimos días.
Por ello, considero importante detenerse en las palabras “extraño enemigo”.
En la coyuntura actual, el gobierno mexicano ha colocado muchas discusiones bajo la bandera de la soberanía. Frente a acusaciones, investigaciones o señalamientos provenientes de Estados Unidos contra funcionarios mexicanos, la pregunta pública suele orientarse hacia el extraño: quién acusa, con qué autoridad, con qué intereses. Sin embargo, esa dirección también puede ocultar otra pregunta. Tal vez el extraño no explica todo. Tal vez el extraño deja ver aquello que el gobierno mexicano preferiría mantener fuera del centro de la conversación.
Desde luego México tiene razones históricas para exigir respeto a Estados Unidos, sobre todo porque Washington ha tratado demasiadas veces la cooperación como tutela. Ningún país serio acepta que otro Estado dicte su justicia desde fuera.
La defensa de la soberanía frente a esos excesos tiene sentido, sin embargo, la dificultad aparece cuando el gobierno usa esa defensa como reflejo. El politólogo John Mueller formuló una teoría para nombrar ese impulso: Rally round the flag effect –– el efecto de cierre de filas alrededor de la bandera ––.
Ante una amenaza exterior, real o presentada como tal, los gobiernos pueden concentrar respaldo y reducir el costo de la crítica. Porque cuando el poder convierte una acusación incómoda en agravio nacional, la conversación mira hacia el extranjero antes de mirar hacia las instituciones propias.
Por ello, conviene advertir que su empleo reciente no parece menor ni casual; por el contrario, resulta preocupante, precisamente porque, cuando el gobierno apela a la soberanía antes que, a las instituciones, el término empieza a cubrir aquello que debería explicarse.
La discusión pública gira alrededor de quién acusa y pierde fuerza la pregunta sobre aquello que la acusación revela. El punto central queda desplazado: qué hizo México para investigar, qué autoridades fallaron, qué redes de protección permitieron que una sospecha tan grave alcanzara a funcionarios públicos.
En este sentido, las cifras vuelven más dura esa pregunta. En 2024, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, registró preliminarmente 33,241 homicidios en México. Para marzo de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas acumulaba 134,259 personas desaparecidas o no localizadas. Además, México Evalúa calculó una impunidad de 89.42% para 2024.
Ese dato coloca el problema en otro terreno: la soberanía también habla de capacidad estatal interna. Y, precisamente por eso, esa misma soberanía exige templanza, instituciones que adviertan, gobiernos que miren de frente y autoridades que rompan cualquier pacto de silencio antes de pedirle a la ciudadanía que cierre filas.
Por lo tanto, la soberanía no puede agotarse únicamente en la frontera. También debe medirse en ministerios públicos que no archiven la verdad y en autoridades que no protejan a quienes deberían investigar.
Un país que exige respeto hacia afuera necesita construir confianza hacia adentro. Al final, la dignidad nacional pierde sustancia cuando el gobierno transforma toda pregunta interna en eco del enemigo externo.
Así, precisamente por su importancia, el término soberanía debe ser invocado con responsabilidad. La razón es simple: puede nombrar una defensa legítima frente a los abusos de otro Estado y, a la vez, envolver al gobierno en una bandera y apartarlo del escrutinio. Por eso, la diferencia aparece en los hechos: un poder comprometido con la República invoca la soberanía y abre investigaciones independientes; un poder cómodo con la opacidad la invoca y pide cerrar filas.
En este sentido, la crítica interna no pertenece al adversario exterior. Pertenece a una ciudadanía que también reclama soberanía sobre su propio Estado. Considero, la soberanía más seria empieza cuando una acusación incómoda activa instituciones antes que discursos. Empieza cuando el gobierno entiende que la República no queda protegida por la repetición de una palabra, sino por su capacidad para responder con seriedad. El extraño puede ser enemigo. Pero más enemigo de la República es el poder que, en nombre de la soberanía, se niega a mirarse al espejo.

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