JOSE CHABLE RUIZ

Dicen que en gustos se rompen géneros. No soy fan de Bad Bunny, ni de su música, ni de ningún dizque cantante que musicaliza vulgaridades y cuyas letras carecen de un mensaje positivo para la sociedad.
Lo que sí debo reconocer es que, con el espectáculo que presentó en el medio tiempo del juego 60 del Super Bowl, entre los Seattle Seahawks y los New England Patriots, Bad Bunny logró generar conciencia a nivel mundial sobre la necesidad de rechazar el racismo, a la ultraderecha norteamericana, así como la política autoritaria y colonialista de Donald Trump.

El artista puertorriqueño visibilizó la situación de los migrantes latinos: el acoso permanente y el racismo que encierra la política migratoria trumpista, una política que provoca muertes tanto de ciudadanos estadounidenses como de migrantes y que desintegra familias al expulsarlas del territorio norteamericano.
No es que la NFL esté en contra de Trump o de su política migratoria. Con el show de Bad Bunny, la liga demostró que el dinero no tiene ideología. A los dueños de los equipos del futbol americano profesional no los guía el pensamiento de la Madre Teresa de Calcuta ni les conmueven los millones de seres humanos que mueren de hambre o por enfermedades prevenibles y erradicadas. Simplemente aprovecharon la figura del artista puertorriqueño —que tuvo como invitados a Ricky Martin y Lady Gaga— para promover su deporte a escala global, aumentar la audiencia televisiva y maximizar utilidades.

La presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl —que dividió opiniones entre quienes la consideraron la mejor y quienes la calificaron como la más mediocre en la historia de la NFL— benefició de manera directa a los dueños de la liga. Rompió récords de audiencia con más de 135 millones de espectadores en el mundo; tan solo en YouTube, las reproducciones superaron los 20 millones.
Este suceso confirma que el mensaje transmitido por la NFL, a través de Bad Bunny, fue una producción del capitalismo salvaje norteamericano, orientada a privilegiar sus intereses económicos. Incluso tuvo la capacidad de frenar operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) contra migrantes durante la celebración del Super Bowl, como lo aseguró antes de la celebración del partido, la jefa de seguridad de la NFL, Cathy Lanier, con el objetivo de no afectar el potencial publicitario del “Conejo Malo”.
Los 32 propietarios de los equipos que integran la NFL, muchos de ellos republicanos, racistas y ultraderechistas, utilizaron los trece minutos que duró la presentación del cantante más popular y escuchado del mundo —con más de 100 millones de seguidores en Spotify, 48.7 millones en Instagram y 85 millones de oyentes mensuales— en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, para internacionalizar y comercializar aún más el deporte más popular de Estados Unidos y ampliar su mercado global.

Creado el 17 de septiembre de 1920 en Canton, Ohio, por Walter Camp, el futbol americano, con sus 32 franquicias de la NFL, registró ingresos superiores a los 23 mil millones de dólares en la temporada 2024-2025, con un promedio de 18.7 millones de espectadores por partido. Hoy, el 60 % de los estadounidenses se declara fanático del futbol americano profesional.
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